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El proyecto Texcycle, desarrollado por Texpertise Network!, la red gestionada por la Messe Frankfurt para conectar las principales ferias internacionales del textil, presenta una serie mensual de artículos que analizan todos los componentes y procesos que intervienen en la cadena de valor textil tanto los materiales como las técnicas y los sistemas de fabricación.

En primer lugar, el estudio revisa las materias primas desde las antiguas fibras de estera hasta los residuos industriales, que se pueden utilizar en la producción de tejidos más sostenibles.

Lo cierto es que cualquier fibra puede ser tejida en tela, sin embargo, la industria de la moda y los textiles se han vuelto enormemente dependientes de una selección limitada de materiales que son rentable y rápidos de producir. Entre ellos destaca el poliéster, el textil más utilizado en la confección de ropa. Un material cuyo proceso de fabricación implica el consumo de mucha energía y de agua, y no sólo eso, sino que además se colorea con tintes tóxicos, arroja microfibras y puede tardar cientos de años en descomponerse. Por su parte, el algodón ha llegado a ser la segunda fibra más popular, y aunque es natural y biodegradable, el cultivo del algodón no orgánico convencional resulta intensivo en agua, tierra, trabajo y pesticidas.

Este material, que se cultiva en países cálidos donde el acceso al agua limpia a menudo ya es escaso, tiende a cultivarse en monocultivo y, por lo tanto, conlleva riesgos asociados como el agotamiento de los nutrientes del suelo, el mayor uso de fertilizantes y el rápido desarrollo de plagas y enfermedades.

Recuperación de fibras históricas
Como alternativa a estos productos, el informe Texcycle destaca las fibras antiguas, aquellas que la industria utilizaba antes de la aparición de las telas sintéticas en la década de 1900. Durante aquellos años toda la ropa se confeccionaba con fibras naturales derivadas de plantas o animales, mientras que el algodón solo comenzó a generalizarse después de la Revolución Industrial.

Anteriormente, los europeos aprovechaban al máximo las fibras de lana, las pieles y las esteras disponibles en la localidad entre las que figuraban el lino, el cáñamo y las ortigas.

Actualmente estas fibras de celulosa recolectadas de los tallos están experimentando un resurgimiento cada vez mayor, ya que no solo son más fuertes que el algodón, sino que también requieren menos energía y recursos para cultivarse.

Estas fibras se pueden recolectar de todo tipo de plantas y de árboles que crecen en abundancia en todo el planeta. Éste es el caso de la tela bashofu que durante siglos se ha elaborado a partir de plátanos autóctonos cultivados en las islas Ryukyu de Japón. Sin olvidar los productos derivados de las largas hojas de las plantas de piña sembradas en Filipinas y en todo el sudeste asiático. Incluso el tallo de la flor de loto usado por los monjes budistas para confeccionar sus túnicas.

Estos últimos años la empresa social con sede en Camboya, Samatoa Lotus Textiles, no sólo ha recuperado estas fibras históricas por su carácter ecológico sino que al mismo tiempo ha revivido las técnicas ancestrales empleadas durante el proceso de fabricación de las mismas. Todo ello ha proporcionado empleos a la comunidad local.

Residuos innovadores
A medida que avanzamos hacia una economía circular, las compañías con visión de futuro y las nuevas empresas están desarrollando procesos para transformar los deshechos industriales en nuevos materiales.

Por ejemplo, Singtex está convirtiendo el café molido en hilos, Orange Fiber extrae tejido a partir de los subproductos generados por algunos cítricos, mientras que Frumat, Piñatex y Vegea están haciendo cuero vegano con la pectina de manzana, las hojas de piña y el orujo de uva, respectivamente.

El gigante de la electrónica Sony también aporta sus innovaciones en este terreno con su tela de carbono desodorizante, Triporous, hecha de cáscaras de arroz.

Mientras que la curtiduría islandesa Atlantic Leather ha transformado las sobras de la industria pesquera en pieles de lujo. Debido a la disposición entrecruzada de fibras, la piel del pez es en realidad más fuerte que el cuero de vaca normal y, como subproducto, no requiere los recursos ni deja la huella de carbono asociada con la cría de ganado.

Nuevos hilos
El Kapok. Los frutos de este árbol contienen una densa masa de fibras que puede ser  transformada en hilo y que fácilmente se puede aplicar en la  confección de tejidos/stretch. Para su cultivo no es necesario pesticidas ni riego artificial. Gracias a la tecnología las fibras cortas de estos frutos se pueden mezclar con otras para dar lugar a una tela sedosa.

Extremadamente resistente, de rápido crecimiento y sostenible, según el fabricante de textiles kapok Flocus, reemplazar solo el 30% de un kilogramo de algodón con fibras kapok puede ahorrar 3000 litros de agua.

Las algas marinas. Se trata de uno de los organismos de más rápido crecimiento en la tierra, un recurso silvestre rápidamente renovable. El micelio. Los cuerpos vegetativos de la mayoría de los hongos están constituidos por filamentos pluricelulares denominados hifas que pueden crecer con mucha rapidez, hasta más de 1 mm por hora. Por este motivo y por las frecuentes ramificaciones surge en el sustrato una maraña de hifas con una enorme superficie: el micelio. El micelio puede cultivarse rápidamente en el laboratorio y moldearse en ropa y accesorios que no requieren ningún corte o costura, y además resulta 100% compostable después de su uso.

Finalmente, una mención especial merece el reciclaje de telas y desechos. Entre ellos, el poliéster reciclado que no solo reutiliza las botellas para obtener PET de deshecho, sino que además su fabricación requiere menos energía que la utilizada para procesar muchas fibras naturales, incluido el algodón.

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